Me lo dijeron las ranas

después del diluvio

y me sumergí en lustradas láminas esmeralda

en busca de cobijo.

Como soberana engreída

apantallada por el poderoso

ondular del follaje

en sintonía con la brisa

seguí rumiando sus ecos.

En ese útero tibio

permanezco aún quieta.

El pecho apretado

la mandíbula sellada.

Entumecida.

Y quedo ahí

así

mientras un humo denso

comienza a encapsularme

impermeabilizando mis sentidos.

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